Tengo un buen amigo al que le gusta el vino. No es el tipo que entiende más de vino del mundo, pero lo disfruta, se interesa y lo comparte. No teoriza ni filosofa, pero va algo más allá del puro punto hedonista. Lo concibe como algo arraigado al lugar donde vive y nació. Algo que forma parte del paisaje más allá de la obviedad pintoresca.

Me contaba el otro día algo que, siendo hoy diecinueve de marzo, día del padre, y a riesgo que me retire la palabra por indiscreto, me parecía que hoy o nunca lo iba a compartir. Porque este es un blog de vinos y viene al pelo de todos estos asuntos vínicos.

Mi amigo perdió a su padre hace pocos meses. Cáncer de pulmón.

Desde el diagnóstico al desenlace, un año escaso.

Me contaba mi amigo cómo recordaba las últimas botellas que compartió con su padre.

Me contaba que aunque le hubiese gustado compartir más, había un par de recuerdos, un par de vinos, que guardaba en la retina y el córtex frontal. Que creía que probablemente no iba a beberlos nunca más. Por varias razones.

Y debatíamos si eso puede pasar con muchas cosas más.

Con bebidas, se nos antojaba difícil.

Debatíamos sobre si puede pasar lo mismo, si puede ser que conserves un momento, un día, una parte de ese un día o una comida asociada a un vino. No asociada a un vino, sino que ese vino sea el detonante del recuerdo completo. Que cada vez que se mencione ese vino te recuerde aquel preciso momento. No imaginábamos la posibilidad con una cerveza. O un gintonic. O un vermut. Quizá es sólo endogamia vínica, no llegamos a consenso.

Para la final de la champions del año dieciocho, pocos meses después de conocer el diagnóstico, mi amigo llevó a casa de sus padres una botella de Vega Sicilia Único del 2006 que a su vez, le había regalado un amigo.

Celebraron el partido antes que la victoria. Celebraron estar juntos y estar pasándolo bien a pesar de todo. Celebraron también la victoria y lo extraordinario de ver que su equipo volvía a ganar por tercera vez consecutiva. Y eso era lo de menos. Sabían que, aunque albergaran esperanzas de lo contrario, aquello no se iba a repetir. Ni otra tercera vez consecutiva, ni otra botella de vino tan majestuosa, ni probablemente otra final de champions juntos animando a su equipo o a cualquier otro equipo. La cuenta atrás de la puta vida aceleraba. Y la sensación de que probablemente era la última hizo todo aún más celebrable.

Mi amigo no es especialmente bueno recordando botellas, marcas y añadas, pero sabe que ese Vega Sicilia Único 2006 no se le va a olvidar.

Pasaban los meses y seguían compartiendo botellas. A ritmo razonable, nada que figure en el código penal. De domingo en domingo. Menos atómicas, menos únicas y desde luego, mucho más asequibles. Y como Marlon Brando en El Padrino, las disfrutaban todas.

No hay recuerdo de ninguna botella compartida en el tiempo entre ese Único 2006 y un Morgon de Lapierre del 2012.

La noche del ocho de noviembre de 2018, el padre de mi amigo estaba en el hospital ya inconsciente. Sedado. Esa sería la última noche.

Mi amigo tuvo la necesidad de abrir una botella de vino con su padre. No habría más oportunidades. Esa certeza le ayudó a superar las dudas sobre si plantarse en la habitación de un hospital con una botella de vino, una caja de copas con cierta dignidad y una cena improvisada que compartiría, dadas las caóticas circunstancias organizativas en momentos así, con su mujer, su hermano y su tío. Si había que despedirse, había que hacerlo bien.

En una escapada poco antes de la hora de cenar, mi amigo fue a su bodega y le pareció que nada de vinos duros, maderizados, sulfurizados a tope o con tanto grado que podrían desinfectar una jeringuilla.

Quería algo elegante, algo suave, algo sutil. Algo digno de la despedida. Sin alardes.

Eligió un Morgon de Lapierre de 2012. Era la última botella que le quedaba.

Debía valer la pena. Valió.

Preocupado, como nos preocupamos todos al abrir una botella que esperamos sea especial, por el dichoso TCA, éste no hizo acto de presencia. De hacerlo, hubieran ardido los alcornoques de media Europa.

Hubo brindis en medio de un clima de tristeza contenida.

Hubo preocupación por si alguien del cuerpo de enfermería entraba a reprochar.

Hubo felicidad, si se puede decir felicidad en una situación así, por haber hecho lo hecho.

Valió la pena. Y el vino, el Morgon de Lapierre 2012 ya tampoco quedará en el olvido.

El padre de mi amigo se llama José Ángel, lo que significa que el día del padre era también el día en que celebraba su onomástica. Ocurre, además, que el diecinueve de marzo era también su cumpleaños. Combo. Santo, cumpleaños y día del padre todo junto.

Me decía mi amigo, al hilo de todo esto, que su padre siempre quería tres regalos; que no quería que nadie, como en Jurassic Park, reparase en gastos. Colonia, ropa, algún complemento. Por ahí iban siempre los tiros.

¿Y qué le regalarías hoy? Le pregunté a mi amigo ¿Un vino? ¿Qué vino?

¿Hoy? Sin condicional. El primer regalo, una promesa: no volveré a encender un cigarrillo nunca más. El segundo regalo, un compromiso: me ocuparé de ‘nuestras cosillas’ lo mejor que pueda.

¿Y el tercero?

El tercero será un mensaje. Quizá por persona interpuesta. Que le echo mucho de menos.