Episodio Uno – Esperando a Marla.
Galia, Isaac Cantalapiedra y Alfredo Maestro.

Los pasados viernes 28 y sábado 29 de septiembre, el equipo de ventas de Barcelonavinos, visitamos los alrededores de Valladolid. No porque Ronaldo (el gordo) haya comprado su equipo de fútbol, sino porque teníamos planeadas tres visitas de bodegas que distribuimos:
Galia, Isaac Cantalapiedra y Alfredo Maestro.

Podríamos decir que era una visita a la Ribera del Duero, pero es que ninguno de los tres proyectos luce el sello en sus contraetiquetas a pesar de… bueno, a pesar.

El viaje empezó el viernes a las 5 de la mañana. Lugar de encuentro: nuestro almacén en Barcelona. Son 7 horas de coche a destino así que conviene darse prisa para cumplir la agenda prevista. Pero Marla llega tarde. Salimos a las 5.30 de la mañana.

Siete horas de coche dan para mucho. Dan para sueño, chistes, trabajo, llamadas y paradas. Paradas en boxes. Café, bocadillo, bollería… aunque las áreas de servicio han mejorado mucho respecto a las prefiloxéricas, desde Barcelonavinos quisiéramos hacer un llamamiento, o incluso crear una petición en change.org para que los seres humanos responsables de las cafeterías de las áreas de servicio (Medas y tal) tuvieran en cuenta algunos puntos que consideramos importantes, como por ejemplo que un bocata de jamón no costase 9.50€ y que el café fuese bebible. Con esos dos puntos y algo más de limpieza, colaborarían a que el mundo fuese un poquito mejor. Ya, si no dejasen que los autobuses de guiris en chanclas y calcetines parasen a desayunar, pues sería la leche, pero igual eso viola alguna ley internacional.

Desayuno completo. Bocata de jamón, bolsa de chips, zumo, café y alguna botella de agua.
5 personas, 90 euros.
Hola, change.org

La parada en boxes estaba previsto que durase 20 minutos. Marla tenía otros planes. 55 minutos después, reemprendemos camino y vamos del tirón hasta Galia.

Galia es una bodega joven. Es propiedad de Jerôme y Daniel.
Jerôme es Jerôme Bougnaud, un señor alto, serio y francés que se ocupa también de la viticultura en Pingus.
Daniel es Daniel Garcia-Pita Jr, alma mater de El Regajal, denominación Vinos de Madrid.

Galia es una bodega pequeña que hace varios vinos y sólo vende uno.
Galia Villages 2014 es el tinto que está en el mercado.

Los otros (3), son tintos parcelarios que Jerôme y Daniel creen que aún no están listos para saltar a la arena.

Jerôme nos contó sobre su obsesión por parcelas que combinen arena en superficie (para que el agua se filtre) y diferentes tipos de suelo que mantengan el agua ya a metros bajo tierra. Nos habló de sus parcelas en pie franco precisamente por la arena. Nos habló de viñas que se auto regulan cuando las comprendes y trabajas como se debe. Nos habló del carácter castellano como un carácter sobrio. Como si él creyese que es la alegría de la huerta. Nos habló y enseñó su bodega, sus depósitos de inox, de cemento, los nuevos y famosos huevos de cemento también. Una bodega pequeñita porque Galia no va a ir nunca a producciones que superen las 25-30.000 botellas. Nos habló de lo bien que les había ido, un año más, en las puntuaciones de Robert Parker, esta vez con Luis Gutiérrez. Y yo flipé porque no sabía que tenía entre 94 y 96 puntazos año tras año.

Y catamos. Todo. Galia actual y la añada próxima. Y los parcelarios. Varias añadas.

Son vinos hechos para comer. A Jerôme le gusta hacer vinos para comer, aunque uno de los parcelarios, Daniel (su socio) dice que sirve también como taza de té a la hora de los ingleses.
Color, estructura, tensión, frescura y carácter castellano. Galia es algo imprescindible.

Estamos ante un pre-clásico. Algo que se huele que lo va a petar y que va a quedarse mucho tiempo. Eso es Galia. Vinazos.


Marla y Jerôme

 

Acabamos la visita a Galia comiendo en La Botica de Matapozuelos, un asador muy mono que está en Matapozuelos. Nos costó algo encontrarlo porque Jerôme, que hizo la reserva, aunque no pudo venir a comer con nosotros, nos dijo que teníamos que ir a La Botica que está en ‘Mata Por Suelos’. No es broma, lo dijo así.

Jerôme, querido, no te encabrones al leer esto, pero es que nos dijiste tres veces ‘Mata Por Suelos’. Se perdona porque eres francés, eres viticultor, eres muy amable, y a ti te imaginamos, sí, matando por suelos. Pero las cosas son como son.

¿La comida en La Botica? Bien, podríamos incluirla en nuestra ‘Guía Molona de sitios donde comer y beber bien rodeados de buenas personas’, pero la guía no la hacemos nosotros, se alimenta de recomendaciones del prójimo.

Queríamos salir de La Botica en dirección a La Seca a eso de las 17.30, pero Marla se entretuvo memorizando una mesa muy curiosa que había en la entrada del restaurante con muestras de unos cuarenta tipos de tomate de todos los colores y formas. Yo creo que algunos eran ‘fake’.

Con Jerôme en Galia
Con Jerôme en Galia

Ya a las 18.15 conseguimos salir hacia La Seca.

Siguiente parada, Isaac Cantalapiedra.

Hay una distancia pequeñita entre Matar Por Suelos y La Seca, que, en el corazón de la D.O. Rueda, es donde se encuentra la bodega Isaac Cantalapiedra. Con todos sus vinos fuera de D.O. La vida es así.

Quedamos con Manuel en el centro del pueblo. Nos viene a buscar, y antes de ir a la bodega, nos enseña un viñedo plantado sobre arena. Está dentro del núcleo urbano. La edad del viñedo es probablemente de unos 100 años, pero no se sabe a ciencia cierta. Está plantada en vaso y hay ya bastantes faltas de cepas generosas que pasaron a mejor vida. De allí, de esos racimos tan pequeñitos, tan esforzados, sólo puede salir algo con mucho carácter. Por la arena, por lo rastrero de las cepas, bien podría ser un viñedo de Colares.

 

O de arena Pie Franco

 

Habría que hacerles un monumento a las cepas que se marcharon. Uno en general. Da igual dónde. Debería haber un puñetero monumento en algún sitio en el que se diera gracias a las cepas que lo dieron todo por la causa y que ya no están. Sería bonito que al pasar por ese pueblo, el que sea en el que estuviese el monumento, los elaboradores dejaran una rosa allí. En agradecimiento. Por los servicios prestados. Por el amor. Por la generosidad. Por las uvas.

A poder ser que no fuese en una plaza abarrotada de bares con terraza donde sólo se sirve cerveza a un precio tan ridículo que es difícil entender por qué la cervecera esponsoriza el mobiliario del bar si es imposible ganar dinero con esos precios. Salvo que lo que nos vendan como cerveza sea, yo que sé, algo muy barato de conseguir.

Un change.org en favor de un monumento A LAS CEPAS CAÍDAS. Ya!

Sigamos.

Al llegar a la bodega, nos recibe Isaac Cantalapiedra.

Manuel nos presenta a su padre, Isaac, diciendo que es como el emperador Palpatine, el tío que mueve los hilos desde la sombra. Y también nos presenta a su madre Mariví. A su madre no la compara con ningún personaje de Star Wars.

En esta bodega son todos altos.

Mariví e Isaac nos cuentan cómo decidieron construir la bodega cuando su hijo Manuel acabó los estudios de enología. Menuda responsabilidad para Manuel. Nos cuentan cómo llegaron a tiempo por los pelos para la primera vendimia que se tuvo que elaborar sin ventanas. Y se les escucha orgullosos. Nos cuentan cómo el año que viene entran en la DO nosecuantos miles de hectáreas nuevas y todo lo que eso va a suponer. El desembarco de los grandes grupos bodegueros en Rueda con viñedos propios recién plantadicos. Plantaciones enormes ya en unos rendimientos brutales. A ver qué se va a hacer con tanta uva. Especialmente los viticultores que ahora logran venderla año bien, año regular. Los próximos años puede haber en Rueda baile de bastones.

Andamos un rato para visitar el majuelo de El Chivitero, de donde sale uno de los parcelarios de la bodega. Un viñedo, de nuevo, muy viejo, con faltas, plantado en vaso, y sobre suelos pobrísimos. Esta vez, cantos rodados. Piedras. Piedras viejas redondeadas por a saber cuántos años. Comprendes mejor el vino si has pisado esas piedras. Isaac plantó ese viñedo con su padre cuando era un niño. Bueno, él miraba y su padre plantaba el viñedo, que Isaac era muy chico por aquel entonces.


Manuel Cantalapiedra e Ignacio Cano en el Majuelo El Chivitero

 

Al volver a la bodega, Isaac se pone un cacharro en la cabeza con una luz. Creo que es algo de montañeros para ver en la oscuridad con un led en la frente. Parece un Minion. Isaac va a hacer lechazo a la brasa en una barbacoa que hay justo delante de la bodega.

Mariví ha preparado una tortilla de patatas que olimos nada más entrar la primera vez y con la que ya hemos tenido sueños en el rato que llevamos paseando. Una ensalada y vino cerrarán el menú de la noche.

Antes, toca catar. Lirondo, el verdejo ‘naturi’ de Manuel. Cantayano, un verdejo ecológico fuera de D.O que es ya todo un clásico. El Chivitero, por supuesto, un parcelario con carácter para regalar. Y alguna cosa más. Mondo, que está a punto de ver la luz es otro verdejo ‘naturi’ de Manuel, pero éste está hecho con contacto con lías prolongado. Rollo orange, pero sin ser naranja. Porque es blanco. Una pasada de vino va a ser el Mondo. Y otro parcelario que nos dejó con la boca abierta. Y un tinto que cruje a fresco. Cruje la fruta de ese tinto como el suelo de las casas de una peli de terror. Como la rama en el suelo del bosque que al pisarla el cazador hace que Bambi se salve por los pelos.

Al acabar, pero antes de decir que nos íbamos y posponer el nos íbamos por esperar a Marla durante 20 minutos porque tenía que nosequé, le cantamos el cumpleaños feliz a Pol que estrenaba 28 y que aún no ha invitado a nada. Y han pasado unos días ya.

Y nos fuimos camino de Peñafiel con una sonrisa en la boca. Por los vinos, por la comida y por la amabilidad de Manuel y de sus padres, Mariví e Isaac. Tres grandes.

No son horas, pero a las 11 de la noche nos pegamos hora y media de coche para ir a dormir a Peñafiel y así despertar ya por la mañana en la ciudad de Alfredo Maestro. Distribuir vinos no es todo facilidades.

Al llegar a Peñafiel tres de nosotros decidieron ir de fiesta.

Una hora, dos gintonics y una cerveza después, todos a dormir.

Tengo que contar una anécdota o si no, reviento.

En el hostal donde nos hospedamos, le pregunté a la señora que nos atendió que por dónde se iba al centro para tomar una copa. Que si a la izquierda o a la derecha saliendo por su puerta.

Izquierda, dijo. Justo al momento le pregunté ¿vamos andando o en coche? Porque yo no conozco el pueblo y no me apetecía andar media hora. Y ella me respondió ‘Da igual, es en la misma dirección’. Grandeza.

Personalmente, tenía muchas ganas de ver a Alfredo. Conozco su proyecto desde hace ya bastantes años, y hemos compartido mesa para servir copas, mesa para comer y cenar en varias ferias por esos mundos de Dios. Alfredo es un buen tío.

Quedamos para desayunar. En un bar que regentaba un señor reguleramente amable pero que hacían unos bocatas de panceta maravillosos. Y torreznos. Y de todo para veganos. Y agua con gas San Pellegrino. Ahí me ganó para siempre.

Bien cargados de proteína, nos fuimos con Alfredo a visitar viña. Visitamos varios viñedos, porque todo en Alfredo son majuelos pequeños. A Marc y a Pol les hizo un contrato temporal como becarios y les tocó recoger muestras para el control de maduración. Son tan aplicados Pol y Marc y tan pequeñas las parcelas de Alfredo, que de repente escuché a Alfredo vocear a sus nuevos becarios en la distancia ‘Ehhhhhhh, que ese viñedo no es míooooo’. Zipi y Zape.


Pol y Marc (a lo lejos) – Los becarios de Alfredo

Anduvimos por varias parcelas. Todas con algo en común. La altura. A Alfredo, poco menos que le obsesiona la altura. Porque quiere vinos frescos. Quiere frescor frescor frescor, por lo tanto, altura.

Pisamos viñedos muy viejos, en vaso todos, con mucha piedra casi todos, y bien bonitos también. Debo decir que yo no entiendo demasiado de viticultura, más bien no entiendo un carajo, pero tenían bastante buena pinta todos. Y bueno, tampoco hacía falta saber demasiado de viticultura para flipar cuando Alfredo nos llevó al fin del mundo para ver, desde el lado opuesto de una ribera, lo que era una de sus viñas favoritas. La altura no era mucho mayor que las otras, andaríamos sobre los 900 metros. Pero estaba a tomar por culo. Allí estábamos nosotros, los buitres y matojos. Como en el gran cañón del colorado, pero sin ser grande ni cañón ni estar en el colorado. Pero acojonante.

En el Gran Cañón de la Ribera

 

Seguimos visitando viña. Alfredo, sus becarios, Marla, Ignacio y yo. Mucha viña para hablar de suelo, de plantas, de rendimientos, de DO’s; de frescura, de vinos a la antigua, de la vida y de amigos en común. Alfredo habla y dice, joder si dice, pero nunca necesitas buscar un diccionario. Y queda todo clarito.

Después de años de conocernos, la sensación que transmite es la de tranquilidad. Como el que ya sabe lo que tiene que hacer. Que las novatadas están pagadas y me sé la lección de pe a pa. Que llegamos en medio de vendimia porque cuando organizamos el viaje se suponía que no lo estaría. Y mucho más rato al teléfono de lo habitual, pero está todo controlado.

Visitamos bodega, por supuesto. Uno no se imagina el dolor de cabeza de elaborar todos esos vinos en una bodega pequeñita. Un puzle constante. Catamos depósitos, barricas, soleras (¿se puede decir?) Todo fresco, todo rico, todo natural. Hay papeles que adornan la puerta de salida que expresan la preocupación de algunas asociaciones por la cantidad de mierda que hay en lo que comemos y bebemos. Y Alfredo las imprime y las pega con celo en la puerta. No es que lo vaya a ver mucha gente, pero ahí está.

La fiestuqui con Alfredo la cerramos en un restaurante a dos plantas bajo suelo. Lechazo y ensalada. Champagne, espumoso ancestral suyo, y seis o siete vinos de Alfredo Maestro Tejero. Creo que nos comimos, fácil, una manada de lechazos. Un placer.

De fiestuqui con Alfredo Maestro

 

La idea era salir máximo a las 6 de la tarde. Y esta vez lo conseguimos. No hubo retrasos.

Yo quería cenar en casa, y teníamos unas 6 horas en coche. Todo estaba controlado.

Bueno, todo no.

Marla, que se comió media manada de lechazos, necesitaba un almax. Paramos en unos cuantos pueblos, pero no tenían farmacia. Hasta llegar al pueblo donde nació Paco Martínez Soria. Allí también paramos y Marla fue a por una farmacia.

Treinta minutos de espera después, seguimos nuestro camino de vuelta a casa.

Algunos pensaréis que lo de esperar a Marla no mola. Os equivocáis.

Lo mejor que os puede pasar próximamente es estar Esperando a Marla.

O a Marc.

O a Pol.

Los becarios de Alfredo.

Zipi y Zape.

Porque después de este viaje, como después de cada viaje, Marla, Marc y Pol son los mejores embajadores de GALIA, ISAAC CANTALAPIEDRA y ALFREDO MAESTRO. Os contarán todo lo que necesitéis saber. Os explicarán cada vino como si fuese suyo. De qué está hecho, cómo, cuándo y cuánto. Cómo es el viñedo. Como es cada viñedo. Y el elaborador. O la elaboradora. Y alguna anécdota. Igual hasta algún secretillo también. Porque ser distribuidor de vinos va de todo eso, todo esto y todo aquello.

Porque son comerciales de Barcelonavinos, los distribuidores para Barcelona de la bodegas GALIA, ISAAC CANTALAPIEDRA y ALFREDO MAESTRO.

Que esos somos nosotros.