Diarios de Motocicleta – Capítulo tercero

Vender vino es un oficio bonito. No todo es idílico, pero tiene más cosas buenas que malas; más cosas bonitas que feas. Más rockanrol que tuna. Y aunque lo malo, lo feo y la tuna asoman de vez en cuando, lo bueno, lo bonito y el rockanrol nos atropella un viernes para llevarnos de gira con vinos, amigos, paisajes, comida y susto gordo.

Vender vino que has catado tranquilamente en la oficina o en una feria, es como escuchar el ‘Álbum Blanco’ de The Beatles. Hay cosas que te gustan más y otras menos. Puedes escucharlo con atención y buscar información en internet que te dé alguna pista más de lo que tienes delante; y puedes flipar y hasta emocionarte con cómo encajaban las voces de Lennon y McCartney. Y con las melodías. Y con la estética. Y Puedes descubrir a George Harrison, también. E intuir a Eric Clapton. Puedes hacer muchas cosas. Y eso está muy bien.

Vender vino que has catado pisando el viñedo donde se crio, escuchando in situ a quien lo hizo es otra cosa. Es como sentarte a tertuliar con John, Paul, George, Ringo y Eric en casa de cualquiera de ellos. En una mansión, of course. Es saber cómo se parió cada canción, qué significa, qué la inspiró, por qué esta palabra y no aquella o por qué esta rima que no rima en lugar de esta que sí. Por qué esta guitarra y no la otra. Que si la madre, que si la novia, que si el padre o que si el gurú indio y los sitares olvidados. Que a música les inspira el amor, el desamor y lo feo de este mundo. Es descorchar botellas con ellos y fumarse un puro. Fumes o no.

En ese momento, vender vino se convierte en otra cosa.

Y nos vamos a Galicia a pisar viñedo, a sentarnos después porque acabas reventao, a comer, beber, hablar y escuchar. Nos vamos a Galicia a ver a Pazo Baión, a Fento Wines, a Forjas del Salnés, a Silice y a Bernardo Estevez.

Por extraño que le parezca a quienes hayáis leído ya algún capítulo anterior de nuestro Diarios de Motocicleta, esta vez no salimos con retraso. Será porque si alguien se hubiera retrasado se queda en tierra, que el avión no acostumbra a esperar ni entender de percances en la autopista. Salimos a tiempo. Bien desayunados y a tiempo.

 

Primera parada: PAZO BAIÓN


Ignacio, Marc, Marla y Pol en la entrada del Pazo Baión

 

Impresionante. Cuando abandonas el coche en el aparcamiento y vas caminando hacia el Pazo, es impresionante. Es impresionante la entrada, el paseo, el edificio principal (en reformas), la parte interior, la bodega, las vistas. Que haya palmeras es bastante impresionante para un ignorante como yo, pues era algo habitual plantar palmeras como símbolo indiano. Como que te habías ido a hacer las américas y te había ido cojonudo. Y plantabas palmeras.

 


que sí, que lo de las palmeras no era broma

 

Impresionante el palomar, símbolo de pasta.

Si tenías pasta, tenías que tener un palomar, que sin palomar no hay paraíso.

Caminamos mucho, hablamos de viticultura, de viticultura ecológica, de tratamientos, de la ausencia de éstos en un clima paradisíaco para los hongos, de producciones, rendimientos y demás. De variedades de uva, apenas hablamos. En Pazo Baión sólo se trabaja con su majestad Albariño.

Dos vinos: Pazo Baión i Gran a Gran. Dos Albariños 100%. Dos vinazos.

Tuvimos la suerte de poder hacer una vertical de las añadas elaboradas por el equipo que recuperó el Pazo Baión con su compra hace unos años. Año a año, vino diferente. Ese es un buen síntoma. Con denominador común, pero diferente.

 


tremenda vertical de Pazo Baión

 

Pazo Baión es un proyecto de unas 30.000 botellas de producción al año que, enmarcadas en una propiedad mastodóntica, se va a ir posicionando poco a poco como un clásico de la zona. La pena es que, si gugleais sobre el Pazo Baión, vais a encontrar más información de un breve período de su historia en que estuvo en manos de personajes del mundo del narcotráfico que sobre el resto de historia, riquísima, de un paraje que data del siglo XV y en el que hoy se elaboran dos vinos que vale muchísimo la pena probar y beber, con el añadido que una parte de esos ingresos va destinada a un proyecto social de ayuda y reinserción de personas con problemas de drogodependencia. Pero así es la vida.

Acabamos la visita creyendo que las empanadas, el jamón y los quesos que nos acompañaron en la cata vertical era la comida. Pero no. ‘¿Vamos a comer?’. A Carril, que es un pueblo bien famoso que si no conocéis la razón es para daros un gorrazo. Comimos en Carril, bebimos en Carril y nos fuimos a nuestra siguiente parada agradecidos a todo el equipo de Pazo Baión por la amabilidad y el buen hacer.

Salimos de Carril a toda mecha porque íbamos tarde. Y eso que en la mesa se llegó a escuchar ‘Es mejor no llegar que llegar tarde’. Y se hizo el silencio. Luego seguiría un ‘uy, creo que bebí demasiado’. Lapsus línguae como le ocurre a cualquiera. Primera referencia, sin embargo, a la muerte en el viaje. Luego hablamos de eso.

 


gracias a todo el equipo!

 

Segunda parada: FENTO WINES.

A Fento llegamos tarde, lo que se iba a repetir y agudizar el resto del viaje. Pero llegamos.

Eulogio y Rebeca nos esperaron sin guardarnos rencor. Y vimos Fento.

 


Rebeca en primer plano y Eulogio al fondo

 

Y uno de sus viñedos. Y un palomar. Y Eulogio (un referente indiscutible en la elaboración de vinos de tremenda calidad) diseccionó las características de las zonas y subzonas de toda Galicia. Y de un trozo de Portugal. De vinos blancos y tintos. De viticultura, de nuevo de viticultura ecológica y lo que significa según dónde. De sol, que para un ignorante como yo, creía que en Galicia habría poco y Eulogio nos explicó la cantidad de horas de sol que tienen y que ojo que no es tan fácil controlar el grado.

Catamos algunos de sus vinos a pie de viñedo. Bico da Ran, La Liebre y la Tortuga

 


El gran Eulogio Pomares

 

Estábamos allí en medio de un viñedo, de pie, pero sentados, fumando un puro con John, Paul, George y Ringo. Eric Clapton se quedó rezagado. Y el Albariño sabía a gloria bendita.

 


Marc, Pol e Ignacio flipándolo bastante en Fento

 

Al acabar de catar, casi despidiendo al sol de ese viernes, visitamos su bodega nueva y catamos más vinos. Blancos, tintos, de todo. Eulogio y Rebeca seguían hablando. También de la vida, de sus hijos y de compaginar todo el sarao del vino y los viajes con la vida de uno.

 


Al pie de la bodega nueva con Rebeca y Eulogio

 

Y por primera vez salió algo que también volvería a repetirse. Nada respecto a la muerte, no. Sino sobre Bernardo Estévez. Es el gran sabio de Galicia, oímos. Pero eso sería harina del costal de mañana por la tarde.

Salimos zumbando de Fento con dirección a Forjas del Salnés donde nos esperaba Rodrigo Méndez. No es que llegásemos tarde no, es algo mucho más allá. Era casi de noche. Habíamos quedado para cenar más tarde de nuevo con Eulogio, Rebeca y también Rodrigo, que al llegar se disculpó por un percance que le impediría cenar con toda la banda.

 

Tercera parada: FORJAS DEL SALNÉS.

No pudimos ver viñedo con Rodrigo. Por las horas. Vimos bodega. En profundidad. Catamos su blanco Cíes en todas las formas habidas y por haber. Acabado y sin acabar. Acabado y ensamblado, y acabado sin ensamblar; desde depósito, desde barrica…nos faltó catarlo haciendo el pino.

Al llegar, y debido a la hora, creímos que por desgracia, la visita a Rodrigo sería rápida porque había que ir a cenar. Pero no. Rodrigo es un tipo que habla en voz baja, despacito y sin remarcar nada. Da por hecho que se le entiende. Es un tipo tranquilo. Y tan tranquilamente nos hizo catar unos 40 vinos en su bodega como el que no quiere la cosa ni se despeina. De todo lo que había. Lo que va para un lado y lo que va para otro. Lo que se vende allí y lo que se vende allá. Pura finura. Blancos, tintos pálidos, tintos menos pálidos… finura, finura, finura.

Y escuchándole, uno tiene la sensación que hacer vino es muy sencillo. Rodrigo es un antihéroe.

Y por primera vez escuchamos algo que también se repetiría: que no hay gente joven para trabajar la viña en Galicia. Que cuando la generación actual lo deje, no queda ni el tato. Que ahora nos flipamos con viñedos antiguos recuperados, pero que en 20 años no habrá bombero para tanto rescate. Y eso es preocupante.

 


Tremenda visitaza a Rodrigo Méndez. Gracias a los dos Rodrigos!!

 

Nos llevamos algunos vinos de Rodrigo para cenar, que junto a los que llevaron Eulogio y Rebeca sumaban más unidades en cristal que cabezas en la mesa. Qué se le va a hacer…

A Marla le habían robado las gafas antes de salir de Barcelona.

Para mí, es algo insólito. Me han contado cómo a gente le han robado la cartera, el teléfono, la moto o hasta un camión… pero nunca oí que a alguien le robaran unas gafas de ver (de las de sol no, las otras).

Y después de pasar todo el día con lentillas, durante la cena la pobre tenía los ojos hechos polvo.

Y se quitó las lentillas.

Y sin gafas ni lentillas ve lo mismo que un maniquí. Pobrecica.

Después de cenar mucho y bien ya marchamos para la pensión donde dormíamos.

Camino de allí nos cruzamos con un restaurante que ya cerraba y a sus dueños con un bulldog francés la mar de simpático con el que estuvimos charlando un ratín. Marla dijo que qué Rottweiler más majo. Y seguimos paseando hacia la pensión.

Ignacio, llegando al paseo marítimo nos dijo: ‘chicos, mirad qué bonito está el mar’.

Y Marla se enfadó.

Y así terminamos el día viernes.

 

Cuarta parada: SILICE.

Casi todos hemos oído hablar o leído sobre algo llamado Viticultura Heroica.

Yo siempre pensé aquello de ‘menos lobos, caperucita’. Error.

La visita a Silice se alargó como tres horas más de lo previsto.

Carlos, un tercio del proyecto, nos llevó arriba y abajo contando todo lo contable sobre Silice, la Ribeira Sacra, Galicia, su historia y sus costumbres. ¡Embajador ya!!

Con visitas como ésta a la Ribeira Sacra, lo mejor que uno puede hacer es callarse la boca y observar. Escribir poco y cruzar los dedos para que las fotografías hagan justicia al paisaje. La Ribeira Sacra es uno de esos paisajes que no se pueden embotellar por más que el vino sea cojonudo y fiel reflejo de su tierra.

Este paisaje no se puede embotellar:

 


Vistas desde el mirador de la Ribeira Sacra


Vistas desde el mirador de la Ribeira Sacra


Viña de la ribeira sacra

 

No se puede embotellar y esperar que alguien al beberlo capte lo monumental que es el trabajo para criar uvas aquí. Hay que verlo, asomarse, maravillarse y marearse. Habrá cosas iguales en el mundo. Pero lo visto aquí es extraordinario. La Ribeira Sacra, los viñedos que veis en las fotografías, no tienen sentido. Las cabras llevarían cuerdas de seguridad por aquí si cabrearan por estos viñedos. En un lugar donde la fauna sufre vértigo, reuma y artrosis, esta gente va y planta viña. ¿Viticultura heroica? Suicida, quizá. Demente, seguro.

Y por aquello de rizar el rizo con un doble mortal con tirabuzón, nos fuimos a catar los vinos de Silice a la Finca Lobeiras, que por describirla, es una cantera donde han plantado viña. Es una ladera donde las piedras tuvieron prisa por bañarse en el río y alguien plantó viña. La Finca Lobeiras es un lugar donde la lógica dice que se puede hacer espeleología, no un puñetero viñedo. Y de esa locura, de esa viticultura demente nade Silice. De la Ribeira Sacra en general sale Silice. De la Finca Lobeiras sale un parcelario con su nombre, que si existiera en otro lugar al norte de los pirineos, por la dificultad del trabajo, por los rendimientos y por la belleza del vino, hablaríamos de una botella de vino del valor de un coche. Pero esto es Galicia, amigos. Galicia. De nuevo, el lugar donde nos explican que no va a quedar ni una sombra para trabajar la viña. Que hacen falta héroes en Galicia. Que están todos en Marvel y que hará falta que los Vengadores tengan su trilogía aquí.

 


Ignacio, Marc y Pol en la Finca Lobeiras


Una cepa en la Finca Lobeiras

 

Pol, nuestro Pol, dijo al acabar de catar (más bien beber) todos los vinos de Sílice en la Finca Lobeiras que ya podía morir tranquilo. A mí me salió del alma decirle que a la suerte, a la mala, a la buena o a la neutra, no hay que tentarla nunca, porque la cabrona va y asuma la patita cuando uno menos se lo espera.

Como una hora después, Pol empezó a sentirse mal.

Ya no se sentiría bien en el resto del viaje.

Al llegar a Barcelona, diagnóstico: encefalitis.

Cuando estéis en un lugar mágico, no se os ocurra decir según qué cosas, vaya a ser que la magia ande caprichosa y os conceda el chiste.

Mientras escribo esto, Pol ya está recuperado del susto. Bien.

 


Cataza en Finca Lobeiras con Carlos de Silice

 

Quinta parada: Bernardo Estévez.

Antes de llegar a visitar a Bernardo, en tres bodegas en las que estuvimos, oímos aquello de que Bernardo es el gran sabio del suelo en Galicia.

Y la visita fue sobre eso. Sobre suelo. Bernardo tiene unas poquitas hectáreas repartidas entre muchísimas parcelas, que Ribeiro es como Borgoña pero en exagerado.

 


Ribeiro

 

Bernardo explica cómo trabaja el suelo, cómo no lo trabaja. Qué es la permacultura, que no es otra cosa que no andar a comprar nada que necesites para dar vida a tu suelo, porque todo lo necesitas lo tienes echando un vistazo a tu alrededor. Árboles, plantas, arbustos… todo lo que tienes a tu alrededor te va a ayudar a lo que necesites para dar vida a tus suelos. Como resumen no está mal, verdad.

Bernardo nos volvió a hablar de la cantidad brutal de horas de sol que tiene el viñedo en Ribeiro. Y uno vuelve a flipar, pensando que Galicia sería como el lago Ness una mañana de invierno. Frío, nubes y niebla.

 


Atendiendo a clase del profe Bernardo Estevez

 

La visita a Bernardo, para nuestro desánimo, fue mucho más corta de lo previsto porque llegamos con muchísimo retraso y el avión, de nuevo, no nos esperaría.

Aún y así tuvimos tiempo de entender por qué los vinos de Bernardo Estévez son tan acojonantes. Bernardo no negocia. No da tratamientos a la viña. Y si hay que perder una parte de una cosecha se pierde. No a la ligera. Se intenta todo, pero sin productos que uno dice que no va a usar. Y si se va la cosecha al garete, habrá otras. Acojonantes vinos.

 


Atendiendo a clase del profe Bernardo Estevez

 

Marchamos de Galicia, felices, agradecidos y parcialmente enfermos.

Nos sentamos a la mesa con John, Paul, George y Ringo.

Y a Eric Clapton le repescamos para los postres.

Nos fumamos un puro con ellos y nos bebimos algunas copas.

Ahora ya sabemos qué secretos esconde cada canción.

 

Mirad estos 4 magnificos vinos gallegos que són como escuchar el ‘Álbum Blanco’ de The Beatles.